Blair  - Soul Eater

31/3/16

Eleonora- E. Allan Poe

                         Eleonora- E. Allan Poe




Vengo de una raza notable por la fuerza de la imaginación y el ardor de las pasiones. Los hombres me han llamado loco; pero todavía no se ha resuelto la cuestión de si la locura es o no la forma más elevada de la inteligencia, si mucho de lo glorioso, si todo lo profundo, no surgen de una enfermedad del pensamiento, de estados de ánimo exaltados a expensas del intelecto general. Aquellos que sueñan de día conocen muchas cosas que escapan a los que sueñan sólo de noche. En sus grises visiones obtienen atisbos de eternidad y se estremecen, al despertar, descubriendo que han estado al borde del gran secreto. De un modo fragmentario aprenden algo de la sabiduría propia y mucho más del mero conocimiento propio del mal. Penetran, aunque sin timón ni brújula, en el vasto océano de la «luz inefable», y otra vez, como los aventureros del geógrafo nubio, «agressi sunt mare tenebrarum quid in eo esset exploraturi».
Diremos, pues, que estoy loco. Concedo, por lo menos, que hay dos estados distintos en mi existencia mental: el estado de razón lúcida, que no puede discutirse y pertenece a la memoria de los sucesos de la primera época de mi vida, y un estado de sombra y duda, que pertenece al presente y a los recuerdos que constituyen la segunda era de mi existencia. Por eso, creed lo que contaré del primer período, y, a lo que pueda relatar del último, conceded tan sólo el crédito que merezca; o dudad resueltamente, y, si no podéis dudar, haced lo que Edipo ante el enigma.
La amada de mi juventud, de quien recibo ahora, con calma, claramente, estos recuerdos, era la única hija de la hermana de mi madre, que había muerto hacía largo tiempo. Mi prima se llamaba Eleonora. Siempre habíamos vivido juntos, bajo un sol tropical, en el Valle de la Hierba Irisada. Nadie llegó jamás sin guía a aquel valle, pues quedaba muy apartado entre una cadena de gigantescas colinas que lo rodeaban con sus promontorios, impidiendo que entrara la luz en sus más bellos escondrijos. No había sendero hollado en su vecindad, y para llegar a nuestra feliz morada era preciso apartar con fuerza el follaje de miles de árboles forestales y pisotear el esplendor de millones de flores fragantes. Así era como vivíamos solos, sin saber nada del mundo fuera del valle, yo, mi prima y su madre.
Desde las confusas regiones más allá de las montañas, en el extremo más alto de nuestro circundado dominio, se deslizaba un estrecho y profundo río, y no había nada más brillante, salvo los ojos de Eleonora; y serpeando furtivo en su sinuosa carrera, pasaba, al fin, a través de una sombría garganta, entre colinas aún más oscuras que aquellas de donde saliera. Lo llamábamos el «Río de Silencio», porque parecía haber una influencia enmudecedora en su corriente. No brotaba ningún murmullo de su lecho y se deslizaba tan suavemente que los aljofarados guijarros que nos encantaba contemplar en lo hondo de su seno no se movían, en quieto contentamiento, cada uno en su antigua posición, brillando gloriosamente para siempre.
Las márgenes del río y de los numerosos arroyos deslumbrantes que se deslizaban por caminos sinuosos hasta su cauce, así como los espacios que se extendían desde las márgenes descendiendo a las profundidades de las corrientes hasta tocar el lecho de guijarros en el fondo, esos lugares, no menos que la superficie entera del valle, desde el río hasta las montañas que lo circundaban, estaban todos alfombrados por una hierba suave y verde, espesa, corta, perfectamente uniforme y perfumada de vainilla, pero tan salpicada de amarillos ranúnculos, margaritas blancas, purpúreas violetas y asfódelos rojo rubí, que su excesiva belleza hablaba a nuestros corazones, con altas voces, del amor y la gloria de Dios.
Y aquí y allá, en bosquecillos entre la hierba, como selvas de sueño, brotaban fantásticos árboles cuyos altos y esbeltos troncos no eran rectos, mas se inclinaban graciosamente hacia la luz que asomaba a mediodía en el centro del valle. Las manchas de sus cortezas alternaban el vívido esplendor del ébano y la plata, y no había nada más suave, salvo las mejillas de Eleonora; de modo que, de no ser por el verde vivo de las enormes hojas que se derramaban desde sus cimas en largas líneas trémulas, retozando con los céfiros, podría habérselos creído gigantescas serpientes de Siria rindiendo homenaje a su soberano, el Sol.
Tomados de la mano, durante quince años, erramos Eleonora y yo por ese valle antes de que el amor entrara en nuestros corazones. Ocurrió una tarde, al terminar el tercer lustro de su vida y el cuarto de la mía, abrazados junto a los árboles serpentinos, mirando nuestras imágenes en las aguas del Río de Silencio. No dijimos una palabra durante el resto de aquel dulce día, y aun al siguiente nuestras palabras fueron temblorosas, escasas. Habíamos arrancado al dios Eros de aquellas ondas y ahora sentíamos que había encendido dentro de nosotros las ígneas almas de nuestros antepasados. Las pasiones que durante siglos habían distinguido a nuestra raza llegaron en tropel con las fantasías por las cuales también era famosa, y juntos respiramos una dicha delirante en el Valle de la Hierba Irisada. Un cambio sobrevino en todas las cosas. Extrañas, brillantes flores estrelladas brotaron en los árboles donde nunca se vieran flores. Los matices de la alfombra verde se ahondaron, y mientras una por una desaparecían las blancas margaritas, brotaban, en su lugar, de a diez, los asfódelos rojo rubí. Y la vida surgía en nuestros senderos, pues altos flamencos hasta entonces nunca vistos, y todos los pájaros gayos, resplandecientes, desplegaron su plumaje escarlata ante nosotros. Peces de oro y plata frecuentaron el río, de cuyo seno brotaba, poco a poco, un murmullo que culminó al fin en una arrulladora melodía más divina que la del arpa eólica, y no había nada más dulce, salvo la voz de Eleonora. Y una nube voluminosa que habíamos observado largo tiempo en las regiones del Héspero flotaba en su magnificencia de oro y carmesí y, difundiendo paz sobre nosotros, descendía cada vez más, día a día, hasta que sus bordes descansaron en las cimas de las montañas, convirtiendo toda su oscuridad en esplendor y encerrándonos como para siempre en una mágica casa-prisión de grandeza y de gloria.
La belleza de Eleonora era la de los serafines, pero era una doncella natural e inocente, como la breve vida que había llevado entre las flores. Ningún artificio disimulaba el fervoroso amor que animaba su corazón, y examinaba conmigo los escondrijos más recónditos mientras caminábamos juntos por el Valle de la Hierba Irisada y discurríamos sobre los grandes cambios que se habían producido en los últimos tiempos.
Por fin, habiendo hablado un día, entre lágrimas, del último y triste camino que debe sufrir el hombre, en adelante se demoró Eleonora en este único tema doloroso, vinculándolo con todas nuestras conversaciones, así como en los cantos del bardo de Schiraz las mismas imágenes se encuentran una y otra vez en cada grandiosa variación de la frase.
Vio el dedo de la muerte posado en su pecho, y supo que, como la efímera, había sido creada perfecta en su hermosura sólo para morir; pero, para ella, los terrenos de tumba se reducían a una consideración que me reveló una tarde, a la hora del crepúsculo, a orillas del Río de Silencio. Le dolía pensar que, una vez sepulta en el Valle de la Hierba Irisada, yo abandonaría para siempre aquellos felices lugares, transfiriendo el amor entonces tan apasionadamente suyo a otra doncella del mundo exterior y cotidiano. Y entonces, allí, me arrojé precipitadamente a los pies de Eleonora y juré, ante ella y ante el cielo, que nunca me uniría en matrimonio con ninguna hija de la Tierra, que en modo alguno me mostraría desleal a su querida memoria, o a la memoria del abnegado cariño cuya bendición había yo recibido. Y apelé al poderoso amo del Universo como testigo de la piadosa solemnidad de mi juramento. Y la maldición de Él o de ella, santa en el Elíseo, que invoqué si traicionaba aquella promesa, implicaba un castigo tan horrendo que no puedo mentarlo. Y los brillantes ojos de Eleonora brillaron aún más al oír mis palabras, y suspiró como si le hubieran quitado del pecho una carga mortal, y tembló y lloró amargamente, pero aceptó el juramento (pues, ¿qué era sino una niña?) y el juramento la alivió en su lecho de muerte. Y me dijo, pocos días después, en tranquila agonía, que, en pago de lo que yo había hecho para confortación de su alma, velaría por mí en espíritu después de su partida y, si le era permitido, volvería en forma visible durante la vigilia nocturna; pero, si ello estaba fuera del poder de las almas en el Paraíso, por lo menos me daría frecuentes indicios de su presencia, suspirando sobre mí en los vientos vesperales, o colmando el aire que yo respirara con el perfume de los incensarios angélicos. Y con estas palabras en sus labios sucumbió su inocente vida, poniendo fin a la primera época de la mía.
Hasta aquí he hablado con exactitud. Pero cuando cruzo la barrera que en la senda del Tiempo formó la muerte de mi amada y comienzo con la segunda era de mi existencia, siento que una sombra se espesa en mi cerebro y duda de la perfecta cordura de mi relato. Mas dejadme seguir. Los años se arrastraban lentos y yo continuaba viviendo en el Valle de la Hierba Irisada; pero un segundo cambio había sobrevenido en todas las cosas. Las flores estrelladas desaparecieron de los troncos de los árboles y no brotaron más. Los matices de la alfombra verde se desvanecieron, y uno por uno fueron marchitándose los asfódelos rojo rubí, y en lugar de ellos brotaron de a diez oscuras violetas como ojos, que se retorcían desasosegadas y estaban siempre llenas de rocío. Y la Vida se retiraba de nuestros senderos, pues el alto flamenco ya no desplegaba su plumaje escarlata ante nosotros, mas voló tristemente del valle a las colinas, con todos los gayos pájaros brillantes que habían llegado en su compañía. Y los peces de oro y plata nadaron a través de la garganta hasta el confín más hondo de su dominio y nunca más adornaron el dulce río. Y la arrulladora melodía, más suave que el arpa eólica y más divina que todo, salvo la voz de Eleonora, fue muriendo poco a poco, en murmullos cada vez más sordos, hasta que la corriente tornó, al fin, a toda la solemnidad de su silencio originario. Y por último, la voluminosa nube se levantó y, abandonando los picos de las montañas a la antigua oscuridad, retornó a las regiones del Héspero y se llevó sus múltiples resplandores dorados y magníficos del Valle de la Hierba Irisada.
Pero las promesas de Eleonora no cayeron en el olvido, pues escuché el balanceo de los incensarios angélicos, y las olas de un perfume sagrado flotaban siempre en el valle, y en las horas solitarias, cuando mi corazón latía pesadamente, los vientos que bañaban mi frente me llegaban cargados de suaves suspiros, y murmullos confusos llenaban a menudo el aire nocturno, y una vez -¡ah, pero sólo una vez!- me despertó de un sueño, como el sueño de la muerte, la presión de unos labios espirituales sobre los míos.
Pero, aun así, rehusaba llenarse el vacío de mi corazón. Ansiaba el amor que antes lo colmara hasta derramarse. Al fin el valle me dolía por los recuerdos de Eleonora, y lo abandoné para siempre en busca de las vanidades y los turbulentos triunfos del mundo.
Me encontré en una extraña ciudad, donde todas las cosas podían haber servido para borrar del recuerdo los dulces sueños que tanto duraran en el Valle de la Hierba Irisada. El fasto y la pompa de una corte soberbia y el loco estrépito de las armas y la radiante belleza de la mujer extraviaron e intoxicaron mi mente. Pero, aun entonces, mi alma fue fiel a su juramento, y las indicaciones de la presencia de Eleonora todavía me llegaban en las silenciosas horas de la noche. De pronto, cesaron estas manifestaciones y el mundo se oscureció ante mis ojos y quedé aterrado ante los abrasadores pensamientos que me poseyeron, ante las terribles tentaciones que me acosaron, pues llegó de alguna lejana, lejanísima tierra desconocida, a la alegre corte del rey a quien yo servía, una doncella ante cuya belleza mi corazón desleal se doblegó en seguida, a cuyos pies me incliné sin una lucha, con la más ardiente, con la más abyecta adoración amorosa. ¿Qué era, en verdad, mi pasión por la jovencita del valle, en comparación con el ardor y el delirio y el arrebatado éxtasis de adoración con que vertía toda mi alma en lágrimas a los pies de la etérea Ermengarda? ¡Ah, brillante serafín, Ermengarda! Y sabiéndolo, no me quedaba lugar para ninguna otra. ¡Ah, divino ángel, Ermengarda! Y al mirar en las profundidades de sus ojos, donde moraba el recuerdo, sólo pensé en ellos, y en ella.
Me casé; no temí la maldición que había invocado, y su amargura no me visitó. Y una vez, pero sólo una vez en el silencio de la noche, llegaron a través de la celosía los suaves suspiros que me habían abandonado, y adoptaron la voz dulce, familiar, para decir:
«¡Duerme en paz! Pues el espíritu del Amor reina y gobierna y, abriendo tu apasionado corazón a Ermengarda, estás libre, por razones que conocerás en el Cielo, de tus juramentos a Eleonora.»
FIN

 •D•a•r•k•o•w•l•

26/3/16

(creepypasta) ¡Las muñecas lloran en el altillo! - By: R❤X

(creepypasta) LIZA - By:  R❤X




Londres, Inglaterra 1980.

Lucy ayudaba a su madre en el sótano a preparar la despensa. Debían prepararse para cualquier emergencia.
Lucy, al terminar de acomodar las mantas y la comida, fue a ver como estaba su hermana. Ella jugaba con sus muñecas ,
 quienes estaban, aparentemente, teniendo una reunión con té.
Lucy temía por el bienestar de ella y de su madre, ya que su padre era un maltratador de primera y la ultima vez que huyeron, el las encontró.
Luego de eso, ellas huyeron a Londres, en casa de unos tíos que su padre desconocía su existencia, donde los acogieron lo mas rápido que les fue posible.
Ellas no podían salir de la casa por el miedo que tenían a ser descubiertas. Solo una vecina sabia que ellas se encontraban allí. 
El miedo se hacia parte de la rutina de ellas, ya que no sabían cuando podría aparecer el para vengarse.


Su hermana Lucy, tenia apenas ocho años. Liza pensaba que era su deber cuidarla y protegerla, ya que su madre le había hecho jurar eso cuando estaba en el hospital gravemente herida. Ella pasaba la mayoría del tiempo a su lado, jugando o enseñándole a escribir o leer. 

Una vez, Liza le contó a Lucy que sentía un gran miedo por un amigo de su tío. El la había visto jugando con sus muñecas en un cuarto y el señor le preguntó algo: "¿Quieres jugar conmigo?" Ella dijo que si, inocente.
Luego un rato después, cuando el hombre se prendía el cinturón, el tío lo llamó, y el señor amenazo a la niña con matarla si decía algo.
Lucy enojada le dijo a su tía lo ocurrido, estaba segura que su tío lo había dejado hacer esa terrible atrocidad a la niña.
Su tía dijo que era imposible y que Liza tenia demasiada imaginación e inventaba cosas para llamar la atención, que su esposo era imposible de tener un amigo que haga tal cosa.
También le dijo a su madre lo ocurrido, pero ella le había dicho que no mintiera y ofendiera al tío de esa manera, ya que el había sido muy solidario por acogerlas en su casa.
 Lucy enojada por lo que dijo su tía y su madre decidió hacer algo; Empezar a castigar a los tíos  por lo que le habían hecho a Lucy. Ellos debían pagarlo.

Ella comenzó a colocar trampas de ratones en la entrada, y cada vez que entraban ellos, se llevaban la sorpresa de tener enganchado, ya sea en sus ropas o en sus zapatos, unas ratoneras.
La madre decía que era normal que era para llamar la atención, así que los tíos no le daban mayor importancia. Pero un día eso cambio dramáticamente.
Una vez, en vez de dejarlos en la entrada, Lucy había dejado las ratoneras en el bolso de la tía. También dejó en los bolsillos de los sacos del tío tachuelas, agujas, alfileres y vidrios.
También había puesto eso en su cama.

La madre esa vez no les pudo explicar nada a los tíos de Liza. Quedó  atónita cuando los tíos gritaban de dolor por las terribles cosas encontradas en sus prendas.
El tío que era de mal genio, golpeó a Lucy.
La madre asustada acordándose el momento donde su esposo la golpeaba, se sumió en una profunda depresión. Ya no sabia que pasaba a su alrededor, era como si ya no estuviera.
Luego, gracias a las suplicas de su hermana pequeña, Lucy se quedaría  en la casa pero solo con una condición; Debían encerrarla en el altillo y si volvía a pasar, la llevarían a un manicomio, ya que sabían que esas conductas podían indicar algo mas que un simple capricho para llamar la atención.

Así fue como Lucy empezó a desarrollar brotes de esquizofrenia. Al estar encerrada, alucinaba a su tío riéndose con su amigo y su hermana tirada llorando a un costado. También, a veces  alucinaba  a su madre y a su tía regañándola o rompiendo cosas mientras decían "¡Porque rompes eso mocosa, estas castigada!". Y en las noches soñaba con su padre golpeando una y otra vez una pared donde del otro lado, estaban ella y su hermana muy asustadas.

Días pasaron y un día, la madre de Lucy murió de tristeza, ya que el peso de la culpa era demasiado pesado para su ya desgastado corazón. En ese momento los tíos sacaron a Liza del altillo para que asistiera a un funeral y luego, otra familiar de ella, preocupada al verla así la llevo a un psicólogo.
El psicólogo al fin reveló que ella tenia esquizofrenia y debía ser tratada.
Ella paso 1 año encerrada en ese altillo, eso era  una de las causas de que la niña estuviera tan mal psicológica y emocionalmente, aunque la psicóloga jamas le pareció coherente eso que le decía la niña, ya que ella ya no le quedaba cordura alguna.
Ella, al tener 14 años, recibió unos medicamentos que no eran adecuados para su edad, pero tenían la esperanza de que pudiera controlar su esquizofrenia. Pero eso nunca sucedió.
Ella empeoraba cada vez mas con esos medicamentos. Tanto que la internaron en una clínica donde deliraba todo el tiempo, alucinaba con mas frecuencia y también deliraba al hablar, decía frases incoherentes como: " Las muñecas son malas porque nunca te ayudan cuando alguien te quiere hacer daño con un maíz". Pero lo que mas gritaba y decía era: "¡Las muñecas lloran en el altillo! No dejes a la muñeca sola en su cuarto".
La hermana la iba a visitar y la ayudaba en todo lo que podía, aunque ella deliraba  parecía recobrar algo de moral en presencia de Liza.

Liza ahora no se quedaba mas con sus tíos que tanto daño le habían hecho a su hermana. 
Ella quedaba con la familiar que había ayudado a Liza a entrar a la clínica. 
A ella tampoco le habían creído lo del encierro, pero ella sabia que en cuanto se hiciera mayor iba a denunciar al hombre que le hizo daño y a sus tíos por encerrar a su hermana. 
Un día, súbitamente, Lucy había muerto.
En la autopsia revelaron que fue por culpa de unos medicamentos contra la esquizofrenia que aun no se habían aprobado para ser utilizados. 
Liza, impactada recibió tratamiento por tres largos años, por miedo a empezar a desarrollar la esquizofrenia. Pero como cualquier cosa que tratas de evitar... Al final sucedió.
Ella a los 14 años al final le diagnosticaron un leve caso de esquizofrenia. Comenzó a ver cosas, al principio pensaba que era producto de su tristeza. Pero luego, ella empezó a creer que esas apariciones de su hermana era ella convertida en ángel que le decía que hacer.
Ella  también alucinaba también a un pájaro negro que volaba por encima de su cabeza y de vez en cuando bajaba para arañarla con sus garras.
Al final a ella se termino suicidando luego de matar a una compañera de clase y a su profesor insistiendo de que ese era el señor que la había violado cuando era pequeña  y que ella era su hermana, la  testigo de lo ocurrido.




IMAGEN ANTES DE MORIR (CARICATURA)
R❤X


Este creepypasta fue creado con fines de entretenerlos, no esta basado en ninguna historia real en concreto ni fue sacado de alguna pagina. Disfruten!





Te sigue viendo- Voces Anónimas

            Te sigue viendo- Voces Anónimas 
                                          



Hace muchos años, en Montevideo, Uruguay,  vivía una familia muy rica que tenía una hija llamada Clara García de Zúñiga (Clarita).

En determinado momento, Mateo García de Zúñiga (el padre de Clarita) acordó con un caballero, muy importante y adinerado, entregarle la mano de su hija a cambio del acceso a su círculo de amigos. Clarita, sólo tenía 9 años, e incapaz de oponerse al acuerdo, al cumplir 14 años contrajo matrimonio con Jesús María, el cual tenía 36. Al principio todo iba bien. Clara lo acompañaba a todos los eventos y bailes sociales. Pero luego Clara empezó a definir su carácter cómo mujer, y empezó a manifestarse más independiente y menos recatada que antes. Comenzó a asistir a reuniones y eventos sola, y cómo esto no era normal en esa época empezó a correr el rumor de que tenía amantes.
Uno de los amoríos más recordados, fue el que mantuvo con Ernesto de las Carreras.Tan apasionado fue el vínculo, que Clara decidió convivir con él. Se fueron a vivir en una vieja casona ubicado dónde hoy es el barrio del Prado.
A partir de entonces, la vida de Clara no transcurrió con normalidad. Corrían muchos rumores sobre su infidelidad, incluso cuándo quedó embarazada se dudaba de la identidad del padre.
La familia de Clara, convencida de que Clara había perdido la razón, decidió declararla loca y manejar su fortuna. Ordenaron construir un altillo en la casona, para encerrar a la joven. En realidad el altillo era una prisión, si lo veías desde afuera parecía tener ventanas, pero en realidad apenas tenía unas rendijas por dónde pasaba la luz. Claríta pasó allí hasta los últimos días de su vida, mientras su familia disfrutaba de la fortuna.
Actualmente, en esa casona, se encuentra el Museo de Bellas Artes Juan Manuel Blanes, en el cual ocurren muchas cosas extrañas.
Los empleados cuentan que cuándo llegan por la mañana al museo, los cuadros están colgados en diferente orden que el día anterior, hay una pared en la cual no se pueden colgar cuadros porque se caen, y las empleadas no se animan a bajar solas al sótano para ir al baño.
Estas no son las únicas cosas misteriosas que ocurren, el resto, están vinculadas a un retrato que Blanes pintó de Clara cuándo era pequeña. Mucha gente dice haber visto los ojos de Clara moverse mientras ellos pasaban, y una vez que fue un colegio de visita, una niña se puso a llorar, y dijo que había visto a una niña llorando y a un hombre malo gritándole. A parte de eso, no es por gusto que el retrato esté ubicado en el hall de entrada del museo, sino que cada vez que lo cambian de lugar pasan accidentes, hasta que lo devuelven a ese lugar. Lo mismo le pasa a quien toque el cuadro.
Por estas razones se cree que el espíritu de Clara García está aún en ese lugar. Y cabe destacar que es uno de los personajes más famosos de todo Montevideo.

Berenice- Edgar Allan Poe

Berenice-  Edgar Allan Poe



Berenice y yo eramos primos y crecimos juntos en el castillo de mi padre. Pero crecimos de distinta manera. Yo, enfermo, obsesionado y sumido en la mas negra melancolía; Ella, ágil, graciosa y llena de vida. ¡Berenice! Ahora invoco tu nombre. ¡Berenice! Todo es misterio y terror, y entre nosotros hay una historia que no debería contarse.
Con el tiempo, una terrible enfermedad cayó también sobre ella. Le sobrevenían ataques de epilepsia que terminaban sumiéndola en un estado cercano a la muerte, del que solo conseguía salir varios días después.
El espíritu de la transformacional fue arrasándola poco a poco, penetrando en su mente y perturbando todo sus sentidos, hasta que fue difícil reconocer en ella a la Berenice de antes, a la Berenice que una vez me amo.
Entre tanto, mi enfermedad o mi locura fue creciendo velozmente hasta que acabo dominándome. Lo que antes era una simple tendencia a la obsesión se convirtió con los años en una autentica monomanía. De vez en cuando, mi mente se detenía en un objeto y lo analizaba con máxima atención durante horas, días, semanas, meses, y me alejaba en la realidad en la que vivía. Luego volvía en mi y no podía saber que había hecho. Solo recordaba los pensamientos que aquel objeto me había inspirado.
Así pasó el tiempo para nosotros. Con los momentos lúcidos de mi mal, Berenice me daba pena. Ya no era hermosa, ni joven, ni estaba llena de vida. Yo lamentaba amargamente su decadencia, recordaba el tiempo en que ella me había amado y un día  le pedí que nos casáramos.
Una tarde de invierno, cuando ya se acercaba el dia de nuestra boda, aparecio ella en mi aposento, pero no dijo nada. Sus ojos no tenían vida ni brillo y parecía estar muy triste. Esquive su mirada y me fije en sus labios y sus dientes. ¡Sus dientes! ¡Ojala nunca los hubiera visto! Lo siguiente que recuerdo es el golpe de una puerta al cerrarse, la de mi aposento, y supe que mi prima había salido. Berenice había salido de mi aposento, pero no de mi  mente, y tampoco salió de ella el horrible espectro de sus dientes. Y entonces me sobrevino toda la furia de mi monomanía y sentí que solo su posesión podía devolverme la paz.
Entonces, un espantoso grito irrumpió en mis sueños y oí voces llorando. Fue una criada la que me dijo que Berenice había muerto por la mañana y ahora, al caer la noche, estaba dispuesta la tumba donde seria enterrada. Sin embargo, yo acababa de verla. Horas después me encontré solo en mi biblioteca. Me parecía haber despertado de un sueño confuso. Sabía que era medianoche y que, desde la puesta de sol, Berenice estaba enterrada. Pero no podía recordar que había ocurrido en ese periodo intermedio. Yo había hecho algo, pero no sabía que era aquello que había hecho. En la mesa, a mi lado, ardía una vela, y había junto a ella una cajita. ¿Cómo había llegado hasta allí esa caja? ¿Por qué me estremecí al mirarla?.
De pronto, oí un ligero golpe en la puerta y, a continuación, entró un criado. Había en sus ojos un violento terror. Susurrando, me habló de una tumba profanada, de un cadáver desfigurado. Luego señaló mis ropas; Estaban manchadas de sangre y de barro. Junto a mi había un objeto: Una pala. ¿Fui yo? Con un alarido salté sobre la mesa y me apoderé de la caja. Pero no pude abrirla. Las manos me temblaron y la caja cayo con un ruido sordo, rompiéndose. De ella salieron rodando los dientes de Berenice, que se desparramaron por el suelo.



•D•a•r•k•o•w•l• & R❤X




25/3/16

La ultima llamada- Voces anónimas.

La ultima llamada- Voces anónimas.




La perdida de un ser querido puede ser algo devastador. Muchos al sufrirla caen en una profunda depresión  y sienten una angustia tan grande que llegan a sentirse, de alguna manera, culpables por el destino funesto de aquel que ya no esta. Cualquiera de estas personas daría lo que sea por tener una mínima oportunidad de volver el tiempo atrás y hacer algo para evitar aquel fallecimiento. Pero...   ¿ Que pasaría si ese ser querido a punto de cruzar el umbral entre la vida y la muerte encuentra la manera de comunicarse con alguien que puede evitar que pase al otro lado?...

Esta es la historia de Alejandro y Micaela, una joven pareja que se amaba como pocas; Ellos soñaban con casarse, formar una familia y vivir juntos para siempre... Pero un día todo cambio. Fue el día que llamaron a Alejandro para darle la peor de las noticias: Micaela había muerto.

 Con la muerte de alguien amado algo dentro de uno también se muere. Eso sentía Alejandro, tirado en la cama de su cuarto. Micaela ya no estaba. Se había ido para siempre. El destino había querido que ella, la mujer con la que pensaba casarse y tener hijos, se muriera súbitamente mientras trabajaba.
No tuvo tiempo ni de despedirse, ni de mirarla a los ojos por ultima vez. Y ahora Alejandro estaba allí, cansado de tanto llorar en el velorio y en el traslado del cuerpo hasta la cripta familiar. Aún sentía en la palma de su mano el frío de la argolla de hierro del ataúd, como si continuase transportando el cajón donde, todavía no podía creerlo, descansaba el cadáver de su inocente «Mica».
No sabía si llevaba dos, tres o cien horas sobre aquellas sábanas que aún guardaban el perfume de su novia, cuando sonó su celular. Desde la cama podía verlo vibrar sobre la superficie de madera del mueble donde lo había apoyado antes de acostarse. No soportaría un pésame mas. El teléfono sonó varios minutos, sin cesar pero el no estaba dispuesto a atender esa llamada, así que se quedo acostado y, finalmente, se durmió a pesar del sonido incesante.
Horas después, Alejandro se despertó. Había dormido toda la noche y afuera empezaba un nuevo día. en su interior no pasaba lo mismo, él sabía que en la noche de su alma ya nunca amanecería. La urgencia de ir al baño lo obligo a levantarse. Cuando volvió al dormitorio para tirarse nuevamente en su cama, recordó las llamadas. Tomó su celular y descubrió que tenia once llamadas perdidas. Lo peor cuando vio su procedencia: El número desde el cual lo habían llamado tan insistentemente... ¡Era el de su novia! Un escalofrío le recorrió el cuerpo de pies a cabeza y lo invadió un terror irracional, un terror que le heló la sangre. La pantalla de su teléfono también le avisaba que tenía un mensaje de voz de aquel mismo número. ¿Cómo era posible?. Le costó activar el mensaje debido al temblor de sus manos. Cuando por fin lo consiguió pego con fuerza su oído al altavoz del celular. Alguien respiraba en aquella grabación, muy débilmente, pero alguien respiraba.  Y se escuchaban unos quejidos ahogados, como si una persona intentara decir algo. De ser así, el mensaje terminaba sin que lo lograse porque en ese preciso instante la grabación se cortaba. 
Tratando de buscar una explicación que salvara su cordura, Alejandro pensó que, como la familia de Micaela no había querido que se le practicara una autopsia, lo mas lógico era que las personas que se ocuparon de preparar el cadáver para ser velado le hayan entregado las pertenencias de la muchacha a sus padres. Seguro, entonces, que el celular de Mica estaba en poder de ellos. ¿Qué significaba aquel mensaje que intentaron dejarle? Algo en su interior le pedía que resolviera esos enigmas así que decidió ir a la casa de Micaela para averiguar que era lo que verdaderamente había acontecido.
Salió a la calle y recorrió apurado las cinco cuadras que los separaban de la casa de su novia. Cuando llegó y les comentó lo ocurrido a los padres de ella, estos negaron tener el celular en su poder, pero le dijeron que se quedara tranquilo, que seguramente el teléfono lo tenía una tía de Micaela. Estaban tan devastados como el y no habían querido ocuparse de los trámites y preparativos del  velorio y el entierro, y la tía se había hecho cargo de todo eso. Era a ella a quien, sin dudas, le habían entregado las pertenencias de la muchacha. Tal vez aquella señora había activado el teléfono por equivocación y por eso lo había llamado. Seguramente en alguna de esas llamadas se activó, sin intención, el correo de voz y esos sonidos extraños fueron lo que Alejandro escuchó.
Esto fue lo que el joven pensó en ese instante, tal vez para tranquilizarse y explicar lógicamente algo que minutos atrás parecía imposible de explicar. Igualmente el joven seguía sospechando que había algo mas.
Alejandro se despidió de los que ya no serian su suegros y volvió a caminar por las calles de la ciudad. Le costaba creer que la vida siguiera como si nada. El mundo continuaba sin su amada y eso lo destrozaba. De pronto sintió unas ganas desesperantes de ir al cementerio, estar allí donde, al menos,donde quedaba algo de ella. Compró unas flores en la entrada del camposanto e ingresó. 
Camino entre las lapidas y mausoleos, entre llantos y miradas aún peores que los llantos. A unos metros la cripta familiar donde descansaba los restos de Micaela, decidió sacarse aquella duda que tanto lo atormentaba: Intentaría comprobar que las llamadas perdidas del celular de Mica, que recibió la noche posterior a su entierro, no habían sido realizadas por ella. 
La idea de que era ella quien lo llamaba era absurda, pero no dejaba de dar vueltas en su cabeza y ese oscuro pensamiento no hacía otra cosa que apuñalar una y otra vez lo que quedaba vivo de su alma. Fue así como sacó su celular y con la mano temblando llamo a Micaela. Esperó unos segundos y entonces un sonido débil, muy débil, quebró el sepulcral silencio del cementerio, un sonido que hizo que su corazón diera un vuelco. Aunque era casi imperceptible, Alejandro hubiera reconocido esa melodía entre un millón de músicas. Aquello que escuchaba el ringtong del celular de su novia y no parecía estar lejos. El joven camino hacia ese sonido, rogando que la tía estuviera visitando a su sobrina, pero lo único que encontró fue la puerta del panteón familiar donde descansaba su amada. ¡El celular sonaba allí dentro! En medio de un ataque de nervios, el muchacho consiguió contarle lo que pasaba a uno de los cuidadores del cementerio. Minutos después entraron a la cripta y abrieron el ataúd de Micaela. Lo que vieron a continuación perduraría por siempre en la mente de Alejandro, atormentándolo. Allí estaba el cuerpo  de su novia. Tenía las uñas destrozada y los dedos de las manos llenos de sangre. La madera del féretro estaba arañada en varios sitios. El rostro de la muchacha tenia la boca y los ojos abiertos, como si la ultima bocanada de oxígeno la hubiera exhalado así, gritando, luchando por salir de ese diminuto cajón. Lo peor era que una de aquellas manos ensangrentadas aún sostenían su teléfono celular.
Más tarde, verificaron que Micaela fue dada por muerta cuando no lo estaba.
Ella había sufrido un ataque de catalepsia que la sumió en una especie de sueño sin signos vitales reconocibles. Este estado de suspensión puede durar, en algunos casos, hasta tres días. A Micaela le alcanzó para despertarse en su ataúd. El peor despertar que uno puede imaginar.
La catalepsia ha provocado miles de entierros de personas vivas alrededor del mundo, sin embargo, el caso de Micaela se diferencia de los demás por un detalle realmente siniestro. Ella tuvo una oportunidad de escapar de aquella atroz pesadilla. Las personas que prepararon su cuerpo para el ultimo adiós olvidaron retirar su celular del féretro. Ella intentó realizar una ultima llamada desde el interior de su ataúd, pero sus intentos no fueron respondidos por la persona que había elegido para que la salvarla, su amado novio,Alejandro. El escaso aire que le quedaba solo le permitió dejar aquel jadeante, con una desesperada despedida.
Dicen que Alejandro fue internado en un manicomio. Su mente no soportó aquella culpa, aquella certeza. El había tenido la posibilidad que todos quieren tener: Poder modificar el destino fatal de un ser querido. Nadie podía quitarle de la cabeza que si el se hubiera levantado de la cama para atender su teléfono, el ser que mas quería en el mundo no hubiera sufrido la muerte mas horrenda de todas, ser enterrado vivo. 

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