Berenice- Edgar Allan Poe
Berenice y yo eramos primos y crecimos juntos en el castillo de mi padre. Pero crecimos de distinta manera. Yo, enfermo, obsesionado y sumido en la mas negra melancolía; Ella, ágil, graciosa y llena de vida. ¡Berenice! Ahora invoco tu nombre. ¡Berenice! Todo es misterio y terror, y entre nosotros hay una historia que no debería contarse.
Con el tiempo, una terrible enfermedad cayó también sobre ella. Le sobrevenían ataques de epilepsia que terminaban sumiéndola en un estado cercano a la muerte, del que solo conseguía salir varios días después.
El espíritu de la transformacional fue arrasándola poco a poco, penetrando en su mente y perturbando todo sus sentidos, hasta que fue difícil reconocer en ella a la Berenice de antes, a la Berenice que una vez me amo.
Entre tanto, mi enfermedad o mi locura fue creciendo velozmente hasta que acabo dominándome. Lo que antes era una simple tendencia a la obsesión se convirtió con los años en una autentica monomanía. De vez en cuando, mi mente se detenía en un objeto y lo analizaba con máxima atención durante horas, días, semanas, meses, y me alejaba en la realidad en la que vivía. Luego volvía en mi y no podía saber que había hecho. Solo recordaba los pensamientos que aquel objeto me había inspirado.
Así pasó el tiempo para nosotros. Con los momentos lúcidos de mi mal, Berenice me daba pena. Ya no era hermosa, ni joven, ni estaba llena de vida. Yo lamentaba amargamente su decadencia, recordaba el tiempo en que ella me había amado y un día le pedí que nos casáramos.
Una tarde de invierno, cuando ya se acercaba el dia de nuestra boda, aparecio ella en mi aposento, pero no dijo nada. Sus ojos no tenían vida ni brillo y parecía estar muy triste. Esquive su mirada y me fije en sus labios y sus dientes. ¡Sus dientes! ¡Ojala nunca los hubiera visto! Lo siguiente que recuerdo es el golpe de una puerta al cerrarse, la de mi aposento, y supe que mi prima había salido. Berenice había salido de mi aposento, pero no de mi mente, y tampoco salió de ella el horrible espectro de sus dientes. Y entonces me sobrevino toda la furia de mi monomanía y sentí que solo su posesión podía devolverme la paz.
Entonces, un espantoso grito irrumpió en mis sueños y oí voces llorando. Fue una criada la que me dijo que Berenice había muerto por la mañana y ahora, al caer la noche, estaba dispuesta la tumba donde seria enterrada. Sin embargo, yo acababa de verla. Horas después me encontré solo en mi biblioteca. Me parecía haber despertado de un sueño confuso. Sabía que era medianoche y que, desde la puesta de sol, Berenice estaba enterrada. Pero no podía recordar que había ocurrido en ese periodo intermedio. Yo había hecho algo, pero no sabía que era aquello que había hecho. En la mesa, a mi lado, ardía una vela, y había junto a ella una cajita. ¿Cómo había llegado hasta allí esa caja? ¿Por qué me estremecí al mirarla?.
De pronto, oí un ligero golpe en la puerta y, a continuación, entró un criado. Había en sus ojos un violento terror. Susurrando, me habló de una tumba profanada, de un cadáver desfigurado. Luego señaló mis ropas; Estaban manchadas de sangre y de barro. Junto a mi había un objeto: Una pala. ¿Fui yo? Con un alarido salté sobre la mesa y me apoderé de la caja. Pero no pude abrirla. Las manos me temblaron y la caja cayo con un ruido sordo, rompiéndose. De ella salieron rodando los dientes de Berenice, que se desparramaron por el suelo.
•D•a•r•k•o•w•l• & R❤X

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